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Gran Sol - Ignacio Aldecoa


El cementerio de Bantry era para Simón Orozco un muelle pesquero con gente conocida. El cementerio de Bantry tenía una tapia baja con una ringla de árboles grandes y copudos, sin pájaros. Por encima del cementerio de Bantry revoleaban las gaviotas. Simón Orozco no entró en el cementerio. Había ido paseando, solo, hasta él. Sabía dónde estaban, en grupo, los marineros conocidos: Zugasti y su tripulación; Arbaizar y sus hermanos; los gallegos del barco Miño... media vida de navegar Gran Sol. Había nombres no conocidos, de pescadores antiguos, de los primeros que navegaron en la carrera de los bancos de pesca. Simón Orozco miró por encima de la tapia hacia el rincón de Zugasti. Hasta el rincón de Zugasti llegaría el viento del sur y revolvería en la hierba, silbaría en la cruz. Zugasti y su tripulación hacían capa para siempre bajo la tierra de Bantry, a una braza de profundidad, con alto vuelo de gaviotas y árboles sin pájaros.

La Divina Comedia - Dante Alighieri


Cuando cobré el sentido que perdí antes por la piedad de los cuñados, que todo en la tristeza me sumieron, nuevas condenas, nuevos condenados veía en cualquier sitio en que anduviera y me volviese y a donde mirase.
Era el tercer recinto, el de la lluvia eterna, maldecida, fría y densa: de regla y calidad no cambia nunca.
Grueso granizo, y agua sucia y nieve descienden por el aire tenebroso; hiede la tierra cuando esto recibe.
Cerbero, fiera monstruosa y cruel, caninamente ladra con tres fauces sobre la gente que aquí es sumergida.
Rojos los ojos, la barba unta y negra, y ancho su vientre, y uñosas sus manos: clava a las almas, desgarra y desuella.
Los hace aullar la lluvia como a perros, de un lado hacen al otro su refugio, los míseros profanos se revuelven.
Al advertirnos Cerbero, el gusano, la boca abrió y nos mostró los colmillos, no había un miembro que tuviese quieto.

Política del rebelde - Michel Onfray


Me siguen asombrando, siempre, el silencio en el que éstos sufren, sus sollozos contenidos y su sumisión a las necesidades brutales del sistema, como si no hubiera ninguna alternativa posible, como si cualquier otra cosa fuera impensable, imposible, inconcebible.

Estudio en Escarlata - Arthur Conan Doyle


No ocultaré mi sorpresa ante la eficacia que otra vez evidenciaban las teorías de Holmes. Sentí que mi respeto hacia tamaña facultad adivinatoria aumentaba portentosamente. Aun así, no podía acallar completamente la sospecha de que fuera todo un montaje enderezado a deslumbrarme en vista de algún motivo sencillamente incomprensible. Cuando dirigí hacia él la mirada, había concluido ya de leer la nota y en sus ojos flotaba la expresión vacía y sin brillo por donde se manifiestan al exterior los estados de abstracción meditativa.

–¿Cómo diantres ha llevado usted a cabo su deducción? ––pregunté.

–¿Qué deducción? ––repuso petulantemente.

–Caramba, la de que era un sargento retirado de la Marina.

–No estoy para bagatelas ––contestó de manera cortante; y añadió, con una sonrisa––: Perdone mi brusquedad, pero ha cortado usted el hilo de mis pensamientos. Es lo mismo... Así, pues, ¿no le había saltado a la vista la condición del mensajero?

–Puede estar seguro.

–Resulta más fácil adivinar las cosas que explicar cómo da uno con ellas. Si le pidieran una demostración de por qué dos y dos son cuatro, es posible que se viera usted en un aprieto, no cabiéndole, con todo, ninguna duda en torno a la verdad del caso. Incluso desde el lado de la calle opuesto a aquel donde se hallaba nuestro hombre, acerté a distinguir un ancla azul de considerable tamaño tatuada sobre el dorso de su mano. Primera señal marinera. El porte era militar, sin embargo, y las patillas se ajustaban a la longitud que dicta el reglamento. Henos, pues, instalados en la Armada. Añádase cierta fachenda y como ínfulas de mando... Seguramente ha notado usted lo erguido de su cabeza y el modo como hacía oscilar el bastón. Un hombre formal, respetable, por añadidura de mediana edad... Tomados los hechos en conjunto, ¿de quién podía tratarse, sino de un sargento?

Campo de Sangre - Max Aub


La guerra civil levanta, hace crecer al ánimo, destruye la civilización, adelgaza y fortalece el cuerpo, fomenta la sangre para el mañana, no deja a nadie en paz. La reconquista fue una guerra civil. Los que no saben hablan de esto de ahora como de una reproducción de los pronunciamientos del siglo XIX. ¡Infelices! Desde que España es España, los españoles son guerrilleros.

La Historia Interminable - Michael Ende


Atreyu apretó su cara contra la quijada del caballo.

-Ártax... -susurró estranguladamente-. ¡Mi Ártax!

-¿Quieres hacer algo por mí todavía, señor? -preguntó el animal.

Atreyu asintió en silencio.

-Entonces márchate, por favor. No me gustaría que me vieras cuando llegue el último momento. ¿Me harás ese favor?

Atreyu se puso lentamente en pie. La cabeza de su caballo estaba ahora medio sumergida en el agua negra.

-¡Adiós, Atreyu, mi señor! -dijo Ártrax-. ¡... Y gracias!

Atreyu apretó los labios. No podía decir nada. Saludó una vez más a Ártax con la cabeza y luego se dio media vuelta y se fue.

Sonetos - William Shakespeare



De ingenio unos se jactan, o de estirpe,
otros de su riqueza o de su fuerza,
otros de ir a la moda más absurda,
de halcones, o lebreles, o caballos.

Cada carácter sigue sus placeres
y en ellos halla gozos especiales,
mas yo por estas cosas no me mido,
que tengo otra mejor que las incluye.

Tu amor me es preferible a la alta alcurnia,
muy más que la riqueza o las galas,
de más placer que halcones o caballos.
Más que nadie, teniéndote, me ufano.

Mi única miseria es que tú puedes
quitarme todo y hacerme miserable.

Del sentimiento del lo trágico - Miguel de Unamuno


Si miras al universo lo más cerca y más dentro que puedas mirarlo, que es en ti mismo; si sientes y no ya sólo contemplas las cosas todas en tu conciencia, donde todas ellas han dejado su dolorosa huella, llegarás al hondón del tedio de la existencia, al pozo de vanidad de vanidades. Y así es como llegarás a compadecerlo todo, al amor universal.

El laberinto español - Gerald Brenan


Cada oficialía o secretaría se veía duplicada -ya que cada partido tenía su propia nómina- y en cada cambio de gobierno un gran número de estos empleados eran despedidos sin indemnización alguna. Si el partido opuesto al suyo permanecía demasiado tiempo en el poder, estos pobres hombres se veían reducidos a la mayor miseria, y su clamor, llegando a los oídos de algún ministro con sentido humano, era a veces suficiente para provocar un cambio de gobierno. "Quítate tú para ponerme yo", llegó a ser el primer principio de los partidos políticos.

El calmante - Samuel Beckett



Yo ya no sé cuándo he muerto. Siempre me ha parecido haber muerto viejo, hacía los ochenta años, y que años, y que mi cuerpo daba fe de ello, de la cabeza a los pies. Pero esta noche, solo en mi cama helada, siento que voy a ser más viejo que el día, la noche, en que el cielo con todas sus luces cayó sobre mi, el mismo cielo que tanto había mirado, desde que erraba sobre la tierra lejana. Porque tengo demasiado miedo esta noche para observar cómo me pudro, para esperar los grandes descensos rojos del corazón, las torsiones del intestino sin salida y para que se cumplan en mi cabeza los largos asesinatos, el asalto a pilares inquebrantables, el amor con los cadáveres. Voy, pues, a contarme una historia, voy, pues, a intentar contarme una vez más una historia, para intentar calmarme, y es ahí dentro donde siento que seré viejo, viejo, más viejo aún que el día en que me derrumbé, pidiendo socorro, y el socorro vino. O es posible que en esta historia haya vuelto sobre la tierra, después de mi muerte. No, no parece probable, volver a la tierra después de mi muerte.